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BOLDWOMAN SERIES_ LAURA RICO #BOLDWOMAN #TODOPODEROSA

  • Foto del escritor: mygrlstory
    mygrlstory
  • 25 ene 2017
  • 16 Min. de lectura

¿Quién es Laura?

(Risa nerviosa) ¿Quién es Laura Rico? Pues… Una colombiana, una latinoamericana. Mi papá de origen paisa, mi mamá de origen costeño y yo nacida y criada en Bogotá. Me gustaría pensar que hay en mí varias raíces mestizas y puntos de vista que me llevan todo el tiempo a querer entender la realidad, sabiendo lo compleja que es. No siento que tenga una identidad de una sola cara. Siento que todo el tiempo estoy intentando entender los diferentes matices. En mi profesión me he dedicado a temas de justicia… Justicia social. Estudié derecho sin saber muy bien por qué. Como una cosa en el estomago que me decía que para entender bien cómo funciona el país y las cosas. Desde que me gradué he estado explorando desde distintos puntos profesionales, entender esa realidad y entender qué podemos hacer para mejorarla. Ver qué se puede hacer para que el país, el continente o el mundo sea más justo o equitativo, sostenible… Eso hace parte de mi personalidad. Entendernos mejor y hacernos mejor.

¿A qué te dedicas?

Yo estudié Derecho y Literatura. Hice una maestría en derecho también. Y un punto detonante en ese proceso de formación fue la tesis de la maestría sobre el sistema de propiedad en los barrios de invasión. Estuve haciendo trabajo de campo 8 meses en Ciudad Bolívar, para entender mejor cómo se había construido el barrio; la relación de la gente con su propiedad, como entendían sus derechos y si se sentían como parte de la ciudad; pues están bajo ese velo de estar asentados sobre un barrio ilegal. Mientras trabajé en esa investigación trabajaba como estudiante en una firma de abogados –Baker McKenzie– donde estuve dos años en el departamento de propiedad intelectual. Años en los que estuve en completa tensión, pues los clientes de la firma, eran grandes multinacionales: Pepsi, Cartier, McDonalds, y trabajaba medio día en esos temas y el otro en Ciudad Bolívar tratando de entender cómo hacían para que defender sus derechos. Cuando llegó el momento de graduarme, a propósito del trabajo que hice en Ciudad Bolívar, renuncié a la firma. Empecé a trabajar como investigadora en derechos humanos. Trabajé con César Rodríguez y Julieta Lemaitre (una de mis mentoras, feminista de Harvard) en temas como: derechos humanos en las cárceles, el hacinamiento; condiciones laborales de los trabajadores de las maquilas en Centroamérica, multiculturalismo, aplicación de la consulta previa que tienen los indígenas en sus territorios respecto a la explotación de hidrocarburos, derechos a la información, libertad de prensa… Varios temas. Escribir y comunicarme siempre ha sido algo que me ha gustado y en la Silla Vacía tuve la oportunidad de escribirle a una audiencia más tangible durante 2 años. En la academia, es un círculo solitario. Escribes, investigas y adquieres mucho conocimiento, pero hay un desfase muy tenaz, en como eso que se produce se integra por un lado al diálogo público o a la construcción de políticas del gobierno. Pero al cabo renuncié porque me cansé de la política. Entendí mejor el juego de poder, y aunque hacía aportes al debate público, sentía que desde el periodismo está esa imposibilidad de proponer. Me fui a la India para descansar, refrescar… Y estando allá conocí a quien es hoy la directora ejecutiva en Avaaz. Un movimiento global ciudadano, que a través de peticiones en línea ayuda a movilizar a millones de personas en los temas y crisis más urgentes. Trabajé con ellos 4 años en América Latina, y ahí empezó mi trabajo como activista. Yo no estaba preparada, yo no creo que uno se prepare para eso, te encuentra. Eso fue un punto de quiebre, que le dio sentido a todo lo que he aprendido profesionalmente. Pensar desde la ciudadanía, reivindicar el poder que tiene cada persona para generar transformación social. Me rehúso a creer que solamente los poderosos, o solamente los que son elegidos o los que tienen cuna de poder, son las personas capaces de tomar las decisiones y permitir que esto avance. Con Avaaz tuve la oportunidad de trabajar en campañas con: feministas en honduras, indígenas en Bolivia, comunidades que luchan contra Monsanto, guerra contra las drogas… Estando en esa búsqueda, la vida te presente oportunidades y giros. Luego trabajé con Greenpeace como asesora apoyando toda la campaña contra la minería. El logro más importante de este proceso fue escribir el Amicus curie o Intervención Ciudadana, contra la demanda en el plan nacional de desarrollo –articulo 173, parágrafo 1– que toleraba la minería de carbón en páramos; ese fue el fallo que ganamos. Ese fue el aporte más claro con GP acá en Colombia. Y luego entré como consultora de estrategia a la Fundación Todos por la Paz; ayudando a impulsar el proceso de paz y la aprobación del plebiscito.

¿Cuál es la responsabilidad más grande como “Activista”?

Lo más difícil es entender que el activismo no es un punto de llegada sino un camino. Porque los temas a los que te enfrentas y lo que quieres cambiar para hacer un mundo más justo, sustentable, libre, suponen cambios culturales, institucionales, políticos. Cuando ganas una pequeña batalla, el ajedrez vuelve y se cambia. No es como en otros trabajos donde te pones unas metas de venta, crecimiento, desarrollo y cuando las cumples terminaste. En el cambio social siempre tienes que estar listo para seguir. Siempre vamos a estar en un mundo donde los intereses que están en juego –económicos– están jalando para su lado. Cuando uno está comprometido con el cambio social es de todos los días. Cada mañana hay que resetearse para seguir adelante. Una situación puede mejorar, pero por ejemplo: en Honduras con el tema de derechos reproductivos se trabajó para frenar una ley que intentaba castigar a las mujeres que usaran la píldora del día de después. Nos movilizamos, se logró que archivaran la ley. Logramos que no las metieran a la cárcel, pero eso no aseguró que pudieran acceder a salud reproductiva. Puedes frenar una cosa, pero siguen más barreras. El activismo implica un rebusque y creatividad constante. Pero la fuerza de todo está en el aguante. Cuando le preguntan a Eduardo Galeano que para qué sirven las utopías, él dice que sirven para ayudarnos a caminar. Uno se plantea la utopía y entre uno más se acerca, ella más se aleja. Entonces si queremos un mundo mejor, debemos tener claro que esto no acaba. Son ene mil batallas.

¿Qué entiendes por justicia?

Digamos que justicia puede ser una palabra que se puede referir mucho a un proceso legal. Hubo un delito, hubo justicia o no hubo. Se castigó o no. Eso es una acepción técnica por decirlo de alguna manera. Pero como a mí me gustaría entenderla referente a lo social tiene que ver con igualdad de condiciones. Si hay un desacuerdo respecto a la ejecución de la política pública, las personas afectadas tendrían que tener el mismo derecho a preguntar, proponer o rechazar. En la vida práctica el cambio de juego nunca es igual para todos, siempre está en diagonal. Siempre hay personas que se atribuyen unos poderes y una gran masa o población pequeña, que por la posición en la que se encuentra en la cancha no pueden jugar en los mismos términos. Creo que eso es una forma de entenderlo: acceso, participación y condiciones. También eso permea en temas de género, identidad… Donde se tiene que partir del hecho de la diversidad, su aceptación, para que las condiciones de vida no refuercen las desventajas sino que las alivien. Creo que hay la gran justicia y las micro justicias. El activismo se enfrenta de mil maneras. Al final todo el mundo está yendo por eso.

Has trabajado muchos temas, ¿hay algún tema en particular por el que sientas inclinación?

Creo que en general la situación de América Latina como pueblo y como continente, que aún no se ha podido independizar de sus colonias, es como la raíz de lo que me mueve. El cambio climático y las industrias extractivas, que son el modelo imperante en Colombia y otros países de la región son la amenaza más clara –aparte de la guerra y la pobreza– y que nos va a extinguir y a poner en unas situaciones de precariedad muy fuertes. Creo que Colombia tiene una posición privilegiada, y me gustaría poder seguir defendiendo los recursos naturales. La naturaleza es más fuerte que todos nosotros.

¿Cómo ha sido tu experiencia siendo mujer, trabajando en lo que trabajas?

No creo en los esencialismos. En que por ser hombre o mujer tengamos un rol. Pero aprendiendo en los grupos con los que he trabajado e interactuado, si creo que las mujeres se destacan por ser perseverantes, gregarias, incluyentes. Creo que las mujeres tienden a ser más solidarias. Y en ese sentido he intentado hacerlo así. La situación para las mujeres se pone muy dura en la medida que quieran llegar a más altos cargos o quieran tener un hijo. Ese techo de vidrio del que hablan las feministas, está muy marcado por esa opción de ser mamá. No hemos logrado, como sociedad, entender y compensar todo el trabajo que implica ser mamá. Esto es muy importante para la sociedad… Sin madres hay huérfanos. Yo no tengo hijos y no he tomado la decisión, porque siento que podría ser una pausa tan grande en mi vida que no sabría cómo manejarla… No sé cómo meterla en la agenda profesional y sueños que tengo. Hoy en día para las mujeres sigue siendo difícil ganar la misma posibilidad de participar, aportar o de ser escuchadas. Todavía pasa esta cosa de que la mujer en la junta hace un aporte y no es escuchada hasta que un hombre lo dice. Sobre esos escenarios nos queda a nosotras como mujeres validar nuestra posición. Fuerza y decisión. No dejar que nos quiten la silla –con respeto–. Personalmente no he sentido opresión o discriminación. Pero cuando te enfrentas a ciertas situaciones sí tienes que pensar mucho en cómo vestirte, comportarte…

¿Por qué crees que hay esta brecha?

Por el tema biológico. Durante años se creyó que el rol de la mujer era mantener el hogar y el cuidado de la familia. Y cuando el capitalismo se vuelve lo que es hoy –fuerza demoledora donde sólo se necesita plata–, no se puede vivir con un solo sueldo; entonces no es que la dejan sino que la obligan a salir a buscar plata. Es a veces al interior de las casas donde predomina el machismo. No son capaces de resolver o asumir mayor cuidado de la casa o hijos mientras ella trabaja. Algunas mujeres cuentan que han podido llegar lejos porque han contado con una pareja que asume un rol de cuidado en casa. Pero nada más importante para nuestra sociedad que haya un balance de poderes. Esa ternura y solidaridad del espíritu femenino, ¿cuando más necesario sino ahora? Estamos muy divididos por el poder y el dinero.

¿Por qué el miedo a ser mamá?

Me debato en… Creo que ser madre es una responsabilidad hermosa, gigante. Entonces digo: Sí quiero ser mamá. Pero pienso en el trabajo y en la licencia de maternidad de 3 meses. Creo que el sistema es tan estricto que en muchos casos las mujeres no tienen flexibilidad para continuar con su vida profesional después de tener un hijo. Yo diría “ahorro, ahorro y ahorro, para los primeros 6 meses mientras la pulga ve a color” (risas) pero claro eso es un lujo. Y el otro punto es que tú puedes tener el hijo y seguir… Muchas mujeres tienen el hijo y se dan cuenta de que se vuelve su prioridad. Pero si tienes un hijo y también una vocación profesional, reconozco lo difícil que es seguir con la misma fuerza, tiempo, disposición, concentración para lo que quieres hacer y cómo hacerlo para que el entorno en el que estás no te juzgue o discrimine por esa responsabilidad. La mujeres que hacen ambas me parecen heroínas. Es el súper poder. Dar amor, cariño, atención y guía y a la vez ser una persona que aporta en su camino. Creo que esas son las personas más fuertes que tenemos. Como ciudadanos y como miembros de familia. A veces dudo si voy a tener la fuerza.

¿Cómo fue crecer en tu casa?

Nací en una casa de padres divorciados. Se divorciaron cuando tenía 5 años. Mi mamá fue en muchos sentidos papá y mamá. Toda su vida ha sido muy trabajadora. De ella tengo la fuerza y la verraquera, y como esa idea de que uno puede conseguir lo que quiere. Esa época era de violencia fuerte, y recuerdo que ella se iba con nosotros a una finca de paseo. Se ponía una gorra, un saco de capucha, para parecer un hombre y hacer menos ruda la entrada a Bogotá por Soacha. Encontró la manera de siempre ser independiente económicamente, siempre tener su trabajo y demostrarnos que no estaba incompleta ni rota por estar separada. Digamos que yo en el colegio siempre fui muy juiciosa y organizada, perfeccionista. Le preocupaba. Me inculcó la importancia de tener amigos. Ella me decía que estaba bien que me fuera bien, pero que no sólo le interesaba eso. Los amigos y la familia son importantes. Ella es Barranquillera. Muy gregaria y siempre logra poner una sonrisa. Mi padre ha sido un tipo de pocas palabras. Economista, académico, frio, calculador. Pero siempre ha estado ahí para las preguntas difíciles. Los momentos duros. Con esa calma y pocas palabras ha sido un apoyo importante en mi vida. Frases como: “Haz lo que quieras, pero ten un método” o “Levántate todas las mañanas a trabajar en algo que te gusta”. Quizá no han entendido algunas decisiones que he tomado –por ejemplo cuando renuncié a la firma de abogados prestigiosa–. Todo el tiempo hemos estado en un proceso de comprendernos los unos a los otros. Yo creo que uno conserva el mismo espíritu que cuando era niño. No creo que uno cambie mucho. Con el tiempo que se va curtiendo el cuero es por las decepciones que la vida le da, o las traiciones que le suceden y toca hacerse fuerte. Yo tengo acá unas fotos, porque cuando me canso (se rompe su voz) como que las miro y encuentro ahí el espíritu de quien soy. Y cuando estoy jodida o cansada, que siento que nada pasa, voy a nadar, cierro los ojos y me imagino nadando con mi abuelo en el mar. Una terapia de aguante y de entender que uno es sin duda el cúmulo de sus ancestros y el cúmulo del código genético y el cúmulo de sus historias. Ahí hay apoyo y sabiduría. Logro mantener cierta inocencia de la infancia. Aferrarse a lo bonito. En la adultez hay demasiadas capas. Cuando eres niño es o no es. No quiero que el tiempo me curta.

¿Te sientes bella?

MMM. Sí. Creo que el tema de la belleza y las mujeres es como de los temas más duros. Todos los canales te dicen que es lo que más importa, y no. Lo que más importa es el tiempo. Es la única verdad. Somos sujetos del tiempo. Como una fruta o planta, nacemos, nos desarrollamos y morimos. Hay un desbalance de la atención. En la vida comercial, publicitaria en la que estamos es desafortunada. La belleza no son cánones, no son tres maneras de ser. En América Latina, lo más hermoso que ha dejado el mestizaje es eso. Esa diversidad de rostros, formas, expresiones y poderes. Y el problema con lo que sale en la televisión es que es reduccionista. Y en esa reducción, un huevo de mujeres se sienten por fuera. Eso hace daño. Y por otro lado el tema de la belleza como herramienta o debilidad. La belleza es un riesgo. Las mujeres de verdad son acosadas a diario en las calles, familias, trabajos. La cultura te exige ser bella, pero entonces si eres bella, te vuelves una presa. La belleza no puede ser una bomba de tiempo. No puede ser que una mujer sea bella hasta los 30 y luego ya son una maquina improductiva. Con los hombres no hay ese juicio de valor. El hombre, a medida que envejece: más maduro, más experiencia y más sapiensa, mientras que la mujer es más vieja, más gorda, más desechable. Para las que se creen el cuento y se auto-anulan porque no son lo que dice el photoshop –que por favor bajémosle al photoshop, es lo peor que nos ha podido pasar– y esa gente que a pesar de que una mujer sea excelente, profesional o líder, lo que les sigue importando es como se viste y cuánto pesa. No es justo. A hombres y mujeres no se nos mide con la misma vara.

¿Qué te emputa?

Me molesta que la cultura pop nos venda la idea de que todos tenemos que ser iguales y vernos iguales. Y que hay una cosa de que estas in o out, cool o nerd… Yo siento que soy todo. Tan cool como nerd, tierna como brava, trabajadora como rumbera, independiente como dependiente. Me mama que nos tengan que meter a todos en la misma bolsa. Y que para que otros nos entiendan mejor nos tengamos que encasillar. No. Tenemos que hacer un esfuerzo por entendernos en nuestra diversidades. Tenemos la posibilidad de cambiar y mutar, si estamos sujetos al tiempo y a las experiencias, pues vamos madurando o no, revelando o no, o nos vamos cansando o no. Y pensar que tenemos que ser algo para que otro nos entienda es una perdida de libertad.

¿Cuál es tu lado oscuro?

Mi paciencia. Es mi talón de Aquiles. (Silencio largo). En los temas en los que trabajo, muchas veces están dentro de una coyuntura de crisis, entonces hay que ser rápido para tomar decisiones crear estrategias, organizarse, movilizarse… Hay veces que soy movida por cosas emocionales o viscerales. Ante una situación de injusticia uno reacciona con el estomago y no con la cabeza, al menos en ese primer golpe; entonces lucho constantemente en cómo balancear la necesidad de reacción rápida y de compresión y reflexividad respecto el nivel de injerencia que tienes tú como agente.

¿Qué amas de ti misma?

Me considero una persona libre. Por el divorcio de mis padres y por la crisis económica que hubo en el 99, mi mamá se fue a Estados Unidos y yo quedé viviendo sola con mi hermano desde los 17 años… y en ese proceso de la adolescencia donde uno está reafirmando tanto su personalidad, mucha gente que vive con sus padres, quizá sus padres son más severos. Yo no lo tuve, me tocó sola, cometer errores e ir a los golpes e ir entendiendo y reafirmando. Entender que nadie tiene el derecho de maltratarte. Que tu voz vale, que no tienes que ser como todo el mundo. Entender que uno puede buscarse opciones. Me tocó buscarme una beca en el colegio. No he dejado que los golpes de la vida me quiten la posibilidad de soñar. Creo que todos tenemos una propia luz, a la que hay que querer, consentir, alimentar y en medio de todo los defectos y cosas problemáticas, siento que soy libre y que defiendo mi espacio. Mi posibilidad de decidir.

¿Qué le dirías a Laura 10 años atrás?

Que cada día llega con su afán. Soy una persona muy apasionada. Me meto en algo y me voy de lleno. Trabajo sin descanso. Pero cada mañana me comprueba que todos los días sale el sol. Tomarme quizá las cosas menos en serio. Entender que cada día vas abonando a tu cosecha, pero que las cosechas no crecen como los cultivos de Monsanto (risas), todo va más despacio.

¿Te reivindicarías con alguien?

Creo que con mi hermano. Uno como hermano mayor es muy duro. Siempre fui muy protectora de él. Ahorita hablando de viejos, él me crítica mucho, cosas que le decía, que ni me acuerdo. Si pudiera volverlo a hacer, ser la hermana mayor; me gustaría ser más comprensiva, apoyarlo más, ayudarlo a destacar su individualidad y diferencia y apoyarlo en esa y no corregirlo. Estábamos en momentos muy antagónicos. Hoy no lo comparto para nada. Hubiera querido ser más comprensiva y cariñosa.

¿Sientes que la masculinidad se manifiesta en alguna parte de ti?

Sí. Siento que soy muy balanceada. De niña, de pronto era un poquito marimacha. No sé, el hecho de que todo lo de las niñas sea rosado, si a uno no les gusta, pues se jode. Nunca me sentí participe de eso. Me gustaban mucho los deportes, montar a caballo, correr… Pero también tenía muñecas, ponys, mi cocinita (risitas). Con mi hermano jugábamos a todo. Me gustaría creer que ahora en mi vida adulta, procuro un balance saludable entre el ying y el yang. En qué momentos puedo ser clara y cuándo escuchar. Muchos de los mentores en mi vida son hombres y todos tienen ese balance o reconocimiento de elementos que reconocemos como femeninos.

¿Crees que hay algo que defina el ser mujer?

Está claro que biológicamente una mujer tiene unas capacidades de dar vida, que hasta el momento científicamente es exclusivo de las mujeres –quizá no por mucho tiempo más–. Pero no creo que por ser mujer tienes que ser madre o que viniste al mundo a serlo. Esto es una decisión personal que tiene cada una sobre su cuerpo, vida y futuro. Creo que es una facultad con la que venimos y que elegimos. O así tendría que ser. Hay elementos de lo femenino que están presentes en comunidades, donde hay organizaciones alrededor de las mujeres, sus ciclos, cuidado, no competencia… Ahí hay elementos que lo sugieren, pero también creo que los hombres tienen de eso. No me gustaría ser esencialista. Creo que cada quién debería cuidar de sí y procurar no hacer daño al otro, desde cualquier orilla que nos sintamos representados como individuos.

¿Por qué apostaste SÍ a la paz?

¡Porque para la guerra ni un día más! No hay más opciones. Cuánto tiempo, cuántas vidas perdidas. Colombia es un país hermoso lleno de potencial. Creo que el esfuerzo que ha hecho el equipo negociador durante estos años en La Habana y la disposición de la guerrilla de entregarse, es algo que tenemos que escuchar. Y si no por nosotros, por todas las víctimas del conflicto: desplazados, muertos… La guerra ha causado mucho dolor. No es posible que recurramos a la violencia para solucionar problemas. Como decía Pepe Mújica en Medellín: “El hombre no puede ser el lobo del hombre. Necesariamente vamos a morir todos”. Todos estamos condicionados por la muerte. Entonces, ¿por qué cazarnos los unos a los otros? ¿Con qué justificación?. Me parece que la violencia definitivamente no es el camino.

¿Qué es lo más difícil de hacer dar cuenta de la importancia de la Paz?

Creo que quizá el paso más difícil es desligar esta necesidad que tenemos como sociedad de ligar los nombres a unos pocos: sea Santos, Uribe o Timochenko. No es un tema de ellos. Ellos son apenas un vehículo en el tiempo para antagonizar o apoyar estos temas. Si la gente delega su pensamiento, voz y voto a ellos, haciendo lo que dicen ellos; están perdiendo su libertad y su agencia. Lo cierto es que como país, nación y sociedad necesitamos trascender de esos métodos tribales de defender las cosas a la brava y estar dispuestos a repartir la torta. Hay que hacer concesiones. Colombia sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo. Y perpetuar la guerra implica gastar la mayoría del presupuesto nacional, impuestos, esfuerzos e instituciones en función de la guerra y no en función de lo que tenemos por delante para construir y crear con todo el potencial de innovación, emprendimiento y desarrollo. Toda esa energía podríamos usarla en elevarnos. El punto es entender que ese cambio de chip no debe ser una instrucción de alguien. Tampoco de otra persona. Nos toca hacer las paces en las casas. Como dice una amiga mía, “las primeras paces son con la mamá”. Es muy personal y no se puede trasladar a otra persona. Ser activos en espacios democráticos pero también familiares y sociales. Esas pequeñas acciones, generan repercusiones y ejemplo.

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Una canción Dale alegría a mi corazón, Fito Páez

Un libro Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano

Un apodo que odiaste Caregripa

¿Qué es la sexualidad? Sin condón ni pío

¿El pudor? Tener una ñufla en una reunión importante

¿El aborto? Derecho personal e intransferible de cada mujer sobre su cuerpo

¿La seguridad? Saber cuidarse a uno mismo, y no permitir que otros te hagan daño

¿La felicidad? Una tarde en el mar

¿La religión? Camino espiritual personal y no impositivo frente a los demás

¿La política? Torta de la cual todos tenemos derecho a morder y participar

Un sabor Picante

Una frase Pa’ lante sin meter pegante

Una parte del cuerpo El cuello

¿Qué te enamora? El humor

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Gracias Laura, te admiramos mucho!

@MyGrlstory

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