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Si escribo sobre la vida, también escribo sobre la muerte.


Recuerdo de Omar Mutis Mora a sus 30 años

Mi abuelo murió el día que cumplían 53 años de aniversario con mi abuela. Ese día íbamos a celebrar la vida y el amor de ellos dos, íbamos a comer torta y seguramente íbamos a oír un discurso del abuelo y uno de sus boleros. La abuela se iba a encargar de los tintos y el dulce, se iban a dar un beso y toda su prole estaríamos a su disposición, adorando tan largo amor. El abuelo iba a tocar las congas mientras mi tía cantaba, iba a mirarnos con orgullo a todos sus 9 nietos y finalmente iba a recitar algún poema romántico en honor a la abuela y a la maravillosa y divertida vida que habían tenido hasta el momento. Habría ron, comida, bulla, salsa y risas gritonas, todo lo que no podía faltar en una familia venida de Buenaventura y criada en el barrio Santa Fe de la capital.

Murió en la madrugada de ese día que no había empezado, ante el desconcierto de toda su familia y a pesar de los intentos desatinados de reanimación de mi tío y la respiración boca a boca de mi madre. Traumática y novelesca fue la llegada de todos los demás al hospital, corrimos queriendo agarrar la muerte por las faldas y detenerla, era una lucha definida por la velocidad de la luz, una lucha que creíamos posible ganar. Pero la muerte no tenía pies y quería la hermosura de mi abuelo en su combo, quién no lo hubiera querido en su equipo, él tan cantante, tan generoso y humilde.

Lo que vino después fue todo lo que las películas muestran como ficción y que uno tiene claro que eso de la muerte no es con uno. Ósea, eso de la muerte no era conmigo, quizás la vida si lo fuera, ¿pero la muerte? Ya había sentido la rabia por las muertes inducidas y causadas por otros y había visto personas luchando para no caer en el hueco negro de los que no respiran…pero ¿la muerte conmigo? No, nunca. Gozaba de hacer parte de un linaje de madres jóvenes que hacía que toda nuestra familia pareciera un grupo de elfos que no envejecían…hasta que el sonero mayor nos abrió los ojos para entender que la vida corre y que sus canas, así como sus ojos grises que veían cada vez menos, no serían para siempre.

Yo lo toqué calientito, aun cuando creía que podía oírnos, como si ese calor fuera la presencia que poco a poco se iba retirando de su cuerpo. Su carita quieta seguía tan tierna, tan bella y artística como siempre había sido. Le dije en voz baja: gracias, vete tranquilo, te amo, vete tranquilo, te voy a extrañar mucho, vete tranquilo. Seguía tibio y agradable como cuando nos abrazaba y nos sonreía. Su mano gruesa parecía apretarme la mía; en cualquier momento abriría los ojos, pensaba yo, en cualquier momento dejaría su performance y se reiría a carcajadas de nuestras caras de terror frente a su estaticidad. Y no sería la primera vez, pues solía bromear con la muerte y hacía que nosotros los nietos lloráramos incontrolables por la sola idea de pensar que alguien de la familia pudiera morirse. Nos creíamos tan eternos.

Salí a recoger a mi primo quien se retorcía del dolor en una esquina de la sala de ‘información a familiares’ (es decir, sala en la que informan que el difunto es difunto), para llevarlo adentro a despedirse del abuelo, que más que abuelo había sido su padre por la historia repetida de padres biológicos ausentes. Mi primo entró corriendo, como quien por correr más alcanza a retener en sus manos la esencia de esa persona, que ya no es persona sino cuerpo y huesos y tejidos y piel. Llorábamos todos, encima, abrazados a su cuello, a sus piernas y a sus manos. Que no la dejara, decía la abuela, que esto no puede estar pasando, decía la tía, que qué fue lo que pasó, decía la madre. Sus pies ya estaban fríos y el calor que antes había sentido en sus manos comenzaba rápidamente a convertirse en frío helado; el calor se sale por la cabeza, pensé.

Después del estado azaroso y jadeante por la negación de lo que estaba ocurriendo, los 8 adultos de la familia nos reunimos en esa sala de pequeñas dimensiones a vernos las lágrimas y los cuerpos rendidos después de la batalla para que la muerte no nos jodiera. Nos jodió de todas maneras. Habíamos visto la muerte y aún peor, habíamos sentido la muerte en nuestras manos. A la muerte siempre la pintan negra y calva, calavérica ella, pero yo sentí la muerte como agua hielo, como tierra movediza y como abismo precipicio… no tenía ninguna cara y ningún color. Luego de vernos restregarnos de dolor, las enfermeras que cuelgan un crucifijo en la pared de las camillas, nos pidieron retirarnos y bajar a la capilla donde estaba el abuelo cubierto por una tela azul y en posición de momia. De cuándo acá a la gente la ponen como momia egipcia, me pregunté yo.

Lo recogieron los de la funeraria, esos, que no tienen nombre porque nunca habrá energía u oídos para escuchar las palabras que ellos dicen acerca de todo lo que viene después: nos lo llevamos ahora, lo ‘arreglamos’, lo verán en la sala de velación, la misa será aquí o allá y ya depende de ustedes si lo creman o lo quieren enterrar. En esos momentos, el tío y el esposo, los únicos con control emocional de la familia fueron quienes entregaron y recibieron papeles, dieron la mano a los de la funeraria, cargaron la camilla con un cuerpo tieso y se dispusieron a decirle a lo demás todos los pasos que venían a continuación. Nosotros, los cercanos, los amados por el grande amor del abuelo, solo nos desvanecíamos y comenzábamos a sentir como nuestro cuerpo también empezaba a desaparecer (G.T).

La muerte fue eso, muerte, no fue nada más; sin avisos, sin planes, sin grandes notificaciones para estar preparados. No nos dejó celebrar con parranda, no nos dio unos segunditos más para decir todo el amor que teníamos en la punta de la lengua. Dirán que ahí no se acaba la historia, que transmuta, que hay otros planos, pero mi dolor me muestra que la muerte es muerte. Así como la vida es vida. Sé que no estoy sola en esto de tener un muerto tan cercano, porque ¿a quién no se le ha muerto alguien? A mí.

Hasta el día en que mis abuelos cumplieron 53 años de aniversario.

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