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Decir otra cosa

“La actitud realmente seria es aquella que interpreta al arte como un medio para lograr algo que quizá solo se puede alcanzar cuando se abandona el arte”

Susan Sontag

María Gainza dice que muchas veces uno escribe algo para decir otra cosa. Este es el caso de la gastronomía en la literatura; se habla de platos, de recetas, de orígenes y demás para contar algo más. En definitiva, la gastronomía es una herramienta literaria para sazonar las historias, para darles picante, para transformar las imágenes que el escritor quiere presentar. La gastronomía no es en ningún caso la proteína de la literatura, no es la esencia. Es siempre el aliño, el toque, el aroma y la textura. Es la periferia.

El Nervio Óptico es un buen ejemplo para probar esta afirmación. Primero hablemos del libro en general porque es una joya de la literatura. Las críticas de arte normalmente son en exceso aburridas. Tratan teorías que despliegan en páginas y páginas que parecen inacabables. Citan otros críticos, copian y pegan conceptos, no hay narración, no hay interacción con el lector. Son miles de palabras que al leerlas se confunden y no se consigue una imagen clara del argumento.

Hay otro tipo de crítica de arte. Uno que tiene garra, que consigue que el lector se enganche y se identifique. Que genera sentimientos de calma y angustia. Es el tipo de crítica de arte que realmente te dice algo sobre las obras citadas, que no deja un sinsabor; que parece estar muy bien sazonada. Es el caso de las críticas de tres autores: Antonio Caballero, Julian Barnes y nuestra comensal de hoy, María Gainza.

La de Caballero se llama Paisaje con Figuras. Yo leí algunos de sus artículos cuando estaba en la universidad. Estaba estudiando filosofía del arte y la profesora tuvo el acierto de invitar a Caballero a su clase, presentándonos esta crítica de arte que supera la realidad, socavando un mundo de ficción en donde es posible considerar los verdaderos pensamientos del periodista sobre las obras que trata.

Barnes, por su lado, escribió Una historia del mundo en diez capítulos y medio. Un libro magnífico que considera los temas más importantes de la humanidad en capítulos destinados a ir a la profundidad de estos temas, a explicar cómo se siente. Entre ellos el arte y el amor. Creo que el mensaje que deja Barnes es que la historia del mundo no se podría llegar a contar sin amor y arte. Ellos son las semillas de donde nace la capacidad humana de sentir. Algo, sin dudar, importante.

Pasemos a Gainza. Es inteligente de su parte juntar la crónica y la crítica de arte; es inteligente y original (pienso esto con sinceridad). Estos dos géneros maridan bien. Entonces, uno escribe algo para decir otra cosa. Veamos la estructura general del libro. Gainza toma la historia de vida de una chica, que creo que es ella misma, y en la medida en que narra su infancia, adolescencia y adultez, sus problemas, fracasos y caídas, sus épocas felices y enriquecedoras, hace crítica de arte. Ya sea comparando la historia con la de otro artista, ya sea expresando un recuerdo que le trae una situación, o mencionando un suceso, una conversación, un paseo, un alimento.

La gastronomía es una de las herramientas para expresar lo que la protagonista piensa y siente -siente- de una obra. Un ejemplo: ¿qué se puede sentir cuando se está delante de una pintura de de Deroux? nada, quizás. Nada, si eres de los que no miran las obras a menos de que sea una pintura del Impresionismo. Como cuando los burgueses son invitados a grandes cenas con gente importante, y el aspecto principal para sus ojos es el banquete, nunca los animales imponentes de de Deroux colgados en las paredes. “Me los imagino sentados a la mesa. Han terminado de retirar el primer plato cuando la puerta se abre y entra el maitre con la carne servida sobre un lecho de hierbas y papas al vapor, con una pincelada de manteca fresca y perejil recién picado; le sigue un mucamo con la salsera de plata adornada con cornamusas en relieve. (...) La única que mira el cuadro es la mujer mayor, la señora Alvear, que alguna vez fue soprano Regina Pacini: sus ojos evitan la cabeza de su concuñado Errázuriz y se dirigen del ciervo todavía vivo en la pintura al otro, muerto y servido en finos cortes sobre el plato. (...) La señora Alvear siente un escalofrío pero se lo adjudica a una corriente de aire. Últimamente no identifica bien lo que siente.” La vieja, entonces, además de observar pudo sentir algo con las pinturas y las relacionó con la realidad; con el ciervo muerto y el otro lleno de vida en el cuadro. Los otros comensales solo disfrutaron de los sabores y charlaron. Si hubieran sido obras de Monet habrían prestado atención a las paredes. Pero mínimo se habrían vuelto veganos, o habrían despreciado al ciervo en salsa debidamente muerto y sazonado.

Las mareas altas y bajas de la adolescencia se pueden calmar con arte. En la adolescencia hay incertidumbre y desasosiego, ni las palabras ni los abrazos confortan, solo el arte. El arte penetra en las personalidades y sirve de espejo para nuestras identidades. La protagonista pasa, como todos, por esta etapa. Su padre toma una decisión muy inteligente; la lleva a donde un artista botánico, que vive en una choza fría, a tomar té en vasos de mermelada y a observar láminas mohosas. Y aunque este evento no la aleja de su rebeldía, la conmueve. Y porque así es la vida y las experiencias no se negocian con consejos o enseñanzas, cuenta que su amiga Alexia y ella a los quince años ya saqueaban el bar lleno de whiskey y que “cada sorbo nos dejaba la lengua más ancha y sedada”. Sin importar la cantidad de whiskey, el arte seguía enterneciéndola aunque a los diecisiete “ya éramos las reinas del bardo, pendejas fumonas que cruzaban en taxi la ciudad en busca de la fiesta perfecta”. Y es que aunque el arte salva, ¡que no nos salve de las experiencias de la vida real! No en vano Gainza relata esta etapa de la -su- vida. Delicadamente introduce a Tsuguharu Fujita, un artista idóneo para la adolescencia. Y es que a Fujita también le tocó remar en la soledad de París, tan lleno de extraños para un jóven, para llegar a ser un pintor que traspasara las barreras del cuadro cuña puertas -y el pintor inmaduro-. Fujita no tenía qué comer y le daba pena aceptar que le tocaba pasar el día con hígado: “Cuando el hambre no lo deja pintar más, baja hasta la carnicería y le pregunta al carnicero si queda algo de hígado. Dice que es para su gato, pero el gato es él”. Y es que la adolescencia nos avergüenza tanto que preferimos ser el gato escondido. Sin embargo, al menos el gato en su esquina puede contemplar una obra de arte y sentirse, por primera vez, él mismo.

Hay otra etapa de la vida en que uno es lo suficientemente maduro para unas cosas pero sigue siendo tonto para otras. Es, más o menos, la escala de los veinte, donde se tiene una relación estable y se pretende tener conocimiento de qué se quiere hacer con la vida. Es la época perfecta para ir al mar a que nos sitúe de nuevo en la infinidad en donde somos apenas una migaja. Si han visto alguna vez obras de Courbet sabrán que el mar las evoca. Porque el elemento de Courbet es el océano y cuando nos es imposible viajar, podemos comparar la experiencia de la realidad con la de observar el mar de Courbet; es casi lo mismo. “No conozco a nadie que haya querido ser escritor y no le haya dedicado alguna vez unas líneas al mar”, tampoco conozco a un pintor que no haya hecho algún tipo de oda al mar. Tiene tanto significado, nos hace sentir tantas cosas, que el artista no se puede apartar de él. ¿Cómo describir una ola del inmenso mar de Courbet? pues con leche, con guiso, con cebollas y tomates, con fuego, con cremosidad. “Esa ola hecha de agua gruesa como la leche, como la crema, como un guiso, es algo salido de Courbet”. Y así es esta etapa de la vida, espesa, lechosa, infinita. Dolorosa.

Y al fin llega ese momento que tanto esperaba, sin saberlo, de una crítica de arte. Que hablaran bien del gran Toulouse Lautrec. No puede corresponder este capítulo a otra etapa distinta a la madurez, porque es cuando podemos ser sensatos. Aceptar que Lautrec es un monstruo del arte es ser sensato. Lautrec pintaba a las bailarinas de París, ésas del Moulin Rouge. Y bebía, Lautrec pintaba y bebía, trazaba y sorbía “ese tipo que las dibuja y bebe, sorbos pequeños pero constantes, tantos que la punta de sus bigotes nunca llega a estar seca”. La misma imagen presagiaba una gran obra que quizás pocos aprecian. Es una obra que nos gusta en la madurez, porque sólo allí aceptamos que el curso de la vida es como es, y vivir con ello es la lección más importante a aprender. Como el mismo Lautrec, que aunque de fea apariencia y raro caminar, supo colocar todo su potencial en el arte. Y en el alcohol.

Yo sé que es muy mediocre decir que El Nervio Óptico me encanta y ya. Es un libro que de corazón recomiendo, es delicioso. Además, utiliza recursos como la gastronomía, la narración biográfica y la profundidad de la vida para decir otra cosa; algo sobre el arte. Léanlo.

Gracias Manuela al Horno, por compartir con #MyGrlStory tus reseñas y apetito por la letras.

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